Categoría: Teología política

  • Tejiendo una teología política para tiempos de Gran catástrofe Algunos avances del libro colectivo en proceso editorial neoyorkinoAntún Kojtom Lam | Mural Ch'ulel | Teatro de la Ciudad, San Cristóbal de Las Casas 2012 | Foto: Carlos Mendoza

    Tejiendo una teología política para tiempos de Gran catástrofe Algunos avances del libro colectivo en proceso editorial neoyorkino

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    La famosa autora canadiense Naomi Klein acaba de publicar, junto con Astra Taylor, un provocador libro sobre el fascismo del fin de los tiempos. Tan sólo en la Introducción de la obra -que se anuncia será un “best seller” en la anglósfera- las autoras plantean con realismo periodístico los hilos del fascismo como expresión del capitalismo de las minorías atrapadas en su propia contradicción: por un lado, ávidas de siempre mayor riqueza, por el otro, amenazadas por mayorías que tejen protestas en las calles en escenarios distópicos cada vez más recurrentes.

    Mi amigo Pablo Reyna me hizo llegar desde Colombia el libro con un escueto mensaje que leí como una provocación para entretejer con las autoras una lectura alternativa del fondo teológico en juego, que a mi juicio se encuentra en el papel movilizador de las espiritualidades de las resistencias. Ciertamente las pensadoras vislumbran en la vuelta al lugar o “hereness” la llave para recuperar la visión de una humanidad que cuida de la vida en el aquí y el ahora, a contrapelo de la historia hegemónica. Por lo que alcanzo a ver hasta ahora ellas no navegan el gran caudal de las prácticas y el pensamiento descoloniales del Sur epistémico que hemos descrito en nuestro trabajo desde hace varios años.

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    Tal es el tema central del libro que actualmente se encuentra en proceso editorial en la prestigiosa casa editorial Orbis Books de Nueva York que, desde hace seis décadas, presentó al público de habla inglesa las obras fundantes de la teología de la liberación, publicando a sus principales autores como Gustavo Gutiérrez, Jon Sobrino, Leonardo Boff y sus lectores creativos en el contexto estadounidense y de otras latitudes como Sudáfrica, Corea y Palestina.

    Se trata de una obra colectiva como fruto de los coloquios que organicé durante cinco años en el Boston College, cobijados por la iniciativa “Más allá de la violencia global” que propuse como plataforma de investigación personal en mi calidad de “senior professor” en aquella institución. Desde ahí pude invitar a colegas de Brasil, México, Inglaterra, España, Japón, Puerto Rico y los Estados Unidos para participar en diversos conversatorios sobre el pensamiento social, filosófico y teológico en ciernes tras el colapso del sueño moderno. En mi investigación previa realizada en México, Suiza, Francia y Brasil, había ido conectando el análisis de la fenomenología de la modernidad tardía con la teoría mimética de René Girard para explorar subjetividad colapsada por el sueño del ego tecnocientífico. Pero faltaba incluir el análisis decolonial inspirado en Frantz Fanon y Aníbal Quijano que proseguía la ruta del pensamiento latinoamericano de la liberación, incorporando nuevas categorías teóricas y prácticas para pensar la “colonialidad” como un proceso moderno de cinco siglos de extractivismo del trabajo, los saberes y las formas de vida de los pueblos sometidos.

    Surgió así la pregunta por la suplantación de lo divino que promovió la modernidad por medio del endiosamiento de la razón, la técnica, el mercado, el patriarcado y la voluntad de dominio, por mencionar solamente algunos de los dispositivos de control implementados por la racionalidad occidental tecnocientífica. De ahí la necesidad de postular “el hontanar apofático” de lo político, apelando a “la nada” como aquello que tenemos en común, según la feliz expresión de Matthew Kruger del “nothing in common”, en el “más acá” de nuestras identidades de clase social, raza, género, religión y cultura.

    De esta manera, gracias a estos conversatorios pudimos acceder al manantial de las resistencias y re-existencias donde fluye la teología política descolonial para tiempos de gran catástrofe. Así surgió la idea de un libro colectivo que recogiera las intuiciones y los relatos por los que fuimos discurriendo a lo largo de un lustro en tierras de los Massachussets.

    Cuando le conté a Neto Valiente, querido colega salvadoreño de la Escuela de Teología y Ministerios del Boston College, sobre la teología política descolonial que se iba cocinando -yendo más lejos que la teología de la liberación de primera generación que él admira y conoce a fondo- aquella que surge del encuentro entre fenomenología, teoría mimética, filosofía apofática y pensamiento decolonial, se quedó mirándome incrédulo. Y preguntó: “¿y quién ha escrito sobre eso?” Solamente le respondí: “nadie hasta ahora, pero nosotros lo vamos a hacer”.

    Laurel, Sole, Matthew, Valentina, Maddie, Francis, Juan Miguel, Martín y Amirah -entre muchos otros maestrandos y doctorandas- que seguían mis cursos de posgrado sobre teologías de la liberación, descolonial y queer en el Boston College fueron testigos de cómo se iban tejiendo esos hilos aparentemente tan disímbolos en un telar discursivo con la trama de la vulnerabilidad-convivencialidad-esperanza combativa como relectura de la colonialidad del poder-saber-ser que analizábamos en las clases y profundizábamos durante las tertulias en casa de Mingo y Valentina con la espléndida hospitalidad chilena, donde la comensalidad hacía fluir mejor las ideas y la amistad.

    Los colegas que invitaba a cada coloquio sobre una de esas fuentes teóricas que mencioné arriba aceptaban participar con gusto, pero cuando les hablaba yo de la correlación entre esos enfoques muchos manifestaron su escepticismo, mientras que otros asintieron con curiosidad. Y así nació el libro que propuse a la editorial neoyorkina cuando uno de sus editores me invitó a publicar alguna obra de mi autoría en una charla durante la convención de la Sociedad Teológica Católica de los Estados Unidos (CTSA por sus siglas en inglés) de junio de 2024 en Baltimore. Le comenté que tenía una mejor idea: proponer un manuscrito colectivo sobre teología política en tiempos de incertidumbre global. Y aceptó curioso la propuesta que le envié, luego de consultar con las y los colegas que habían participado en los coloquios bostonianos si se animaban a poner por escrito lo compartido en persona.

    En ese momento estábamos entrando en la Gran Catástrofe donde hoy nos encontramos entrampados. Así, la obra colectiva iría tomando forma como relato colectivo de esperanza en medio de los escombros del genocidio en Gaza, de las fosas clandestinas de México, en las grietas de las diásporas palestina y afrobrasileña, y desde los centros de detención de personas indocumentadas en Estados Unidos, entre otros no-lugares donde, de manera paradójica, surge “lo político” como resistencia al necropoder.

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    El libro lleva por título “El poder y la potencia”, una glosa a la importante obra del filósofo italiano Giorgio Agamben “El poder y la Gloria”, donde discurre sobre la suplantación de lo divino (la Gloria) por la economía y la política moderna (el poder). Nosotros queremos acercarnos a la Gloria divina, siempre inefable y no manipulable, desde las periferias del mundo hegemónico, en específico, desde la “potencia” de los pobres y excluidos como señalaron Jean Robert y Majid Rahmena, o de “los condenados de la tierra” en palabras de Frantz Fanon.

    El subtítulo “Teología política en tiempos de Gran catástrofe” es revelador de la tesis principal que recorre cada capítulo, a saber, que es posible una vivencia y pensamiento de la esperanza al vivir “lo político” desde su reverso y con imaginación escatológica, en su fuente mesiánica y en medio de los escombros de la Nakba, como lo hace hoy el pueblo palestino. Pero ahora es preciso hacerlo a escala global de Gran catástrofe, como propone en su reflexión en este libro el pensador puertorriqueño Nelson Maldonado-Torres. Los zapatistas en el sureste mexicano nombran “el común” a su modo de vivir y pensar lo político, recuperando así su tradición ancestral maya del territorio que, además de las tierras comunales, no pertenece a nadie en privado, sino que es de la comunidad.

    Las cuatro secciones del libro las presento en la Introducción a mi cargo. Ellas dan razón de los cruces de dos ejes: el fenomenológico-antropológico y el deacolonial-apofático. La primera sección parte de los escombros de Gaza con las reflexiones de Viola Raheb, filósofa palestina de la diáspora, acompañada de un planteamiento de teología política decolonial propuesto por Nicolás Panotto desde Chile y Argentina, analizando el sionismo evangélico como dispositivo de la colonialidad del poder. La segunda sección entreteje el hilo antropológico a partir de la teoría mimética aplicada al contexto sacrificial del militarismo israelí por Silvana Rabinovich, y sus efectos en la era Trump analizada con mirada aguda por James Alison para rastrear la “catolicidad” posible en tiempos de catástrofe; con un capítulo de tono místico propuesto por Brian Robinette buscando el fondo de “la vida escondida en Dios” en medio de la polarización extrema de las sociedades contemporáneas como la estadounidense.

    La tercera sección es una polifonía de voces descoloniales venidas de Puerto Rico, México, Martinica y Brasil. Nelson Maldonado-Torres abre con una invitación a pensar la colonialidad del tecnofascismo como Gran catástrofe, teniendo a Palestina como epicentro; Donovan Hernández desde México propone una “crítica de la razón de guerra” como leitmotiv de la colonialidad; Andrew Prevot, joven teólogo afroestadounidense de la nueva generación, rescata la obra del poeta martiniqués Édourd Glissant como provocación para pensar lo político; Cleusa Caldeira profundiza su propuesta del “teoquilombismo” como descolonización del pensamiento y la praxis que surge desde las subjetividades afrodiaspóricas en Brasil; Aída Hernández, quien invitó como coautora a su colega Gabriela Juárez, propone una lectura de lo político desde el acompañamiento a las Madres Buscadoras en México para explorar una espiritualidad encarnada en medio de las fosas clandestinas; y, finalmente, Ángel Méndez-Montoya, coreógrafo y teólogo “cuir” mexicano, reflexiona sobre la mesa queer como provocación teológica para pensar lo político como “el común” que insurge desde las subjetividades de las disidencias sexo-genéricas.

    Y para abrir el pensamiento crítico hacia su fondo pre-lingüístico, la cuarta sección explora el hontanar de la vida y del pensamiento. Raquel Bouso desde Barcelona hace un recuento de la filosofía de la nada desde Maestro Eckhart hasta la Escuela de Kioto, con sus implicaciones para pensar lo político. Y Matthew Kruger, joven pensador estadounidense, se asoma al pensamiento abismal de la Nada como hontanar de lo político que nos previene de idolatrías antiguas y nuevas en contextos políticos que manipulan la divinidad como ideologías identitarias.

    El prólogo a cargo de Mark Lewis Taylor, reconocido profesor emérito de Princeton, anuncia la urgente deconstrucción de lo sagrado violento en tiempos de Nakba, a partir de las reflexiones del poeta Darwish y del pensador camerunés Achille Mbembe, para enfrentar la poética de la desesperación a partir de las resistencias diversas, como el Sumud palestino.

    Y el Epílogo de M. Shawn Copeland, profesora emérita del Boston College y reconocida autora de teología negra feminista en los Estados Unidos, nos convoca a “la praxis de humanidad” para vivir en medio de los escombros con esperanza.

    El lanzamiento del libro está previsto para febrero de 2027, pero ya desde ahora se puede adquirir en pre-venta en el portal de Orbis Books. Más adelante les contaré sobre las presentaciones virtuales y presenciales que iremos organizando, junto con mis colegas editores y autores, de este gran volumen colectivo que quiere contribuir así, de manera colegiada y crítica, a pensar la esperanza posible en tiempos de colapso civilizatorio.

    Jobel, 19 de septiembre de 2026

  • De las resistencias a las re-existencias Sobre los aprendizajes descoloniales de la última décadaAlex Serpas | Re-existe: Un salto de vida | Pintura acrílica sobre papel | El Salvador, 2025

    De las resistencias a las re-existencias Sobre los aprendizajes descoloniales de la última década

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

    Retomo la historia del río de aguas de vida y pensamiento que se ha ido formando gracias a experiencias de aprendizaje compartido con amigas y amigos con quienes descubro un modo inspirador para vivir la espiritualidad y para tejer un pensamiento teológico y filosófico que sea significativo y movilizador para los tiempos que vivimos en nuestra época de incertidumbre global.

    El Mutuo Acompañamiento Espiritual y Teológico fue el primer riachuelo que se fue formando para irrigar las tierras de mi labor teológica que fui cultivando con personas ubicadas en las periferias de la sociedad, buscando una espiritualidad de la vida que florece en medio de las grietas del poder, primero en México y los Estados Unidos, luego en todo el continente hasta llegar ahora a Europa y África. Así, poco a poco fui explorando espacios de gran vitalidad de espiritualidades diversas, con su saber teológico propio fuera de la universidad, como la plaza pública, el servicio pastoral y el activismo social. Espiritualidades que ya intuía desde mi juventud, pero que ahora escuchaba con mayor atención del corazón y de la inteligencia.

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    El otro afluente del valle de las prácticas y saberes descoloniales lo comencé a navegar con Pablo Reyna, Araceli Téllez, Eduardo Velasco y varios colegas de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México desde hace más de una década. Eran los tiempos del movimiento estudiantil #YoSoy132 que se levantó contra la corrupción del sistema político mexicano; tiempo también de las protestas por la desaparición forzada de los normalistas de Ayotzinapa; y, posteriormente, tiempo del movimiento #MeToo encendido por las compañeras feministas en plazas públicas de todo el mundo para desmantelar el patriarcado milenario.

    Me sumé al proceso de aprendizaje para “descolonizar la universidad”, al que nos había convocado David Fernández -quien inició su rectorado en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México inspirado por el pensamiento y martirio de su compañero jesuita Ignacio Ellacuría de la Universidad Centroamericana de El Salvador, y asesorado por la aguda inteligencia del gran pensador mexicano Gustavo Esteva- desde mi lugar como académico y directivo. Propuse entonces, en mi calidad de Divisional de Humanidades y Comunicación de la Ibero Ciudad de México, llevar a cabo en 2016 un coloquio que llamamos “Por un cambio de mundo”, donde convocábamos a estudiantes, docentes e investigadoras, así como al personal administrativo y compañeros de servicios de la universidad, a plantear los problemas sociales más urgentes de nuestro tiempo para conversar sobre los modos de hacerles frente, pensando sus causas como parte de nuestra vocación universitaria, y dando el giro “epistemológico” crucial para aprender de los saberes de los pueblos y los movimientos sociales que enfrentaban con creatividad y esperanza esas violencias. Fue memorable en ese coloquio la conferencia magistral dictada por Leonardo Boff sobre los desafíos de nuestro tiempo.

    A partir de ese momento propicio se fueron concatenando otros conversatorios, semilleros y coloquios académicos, cada uno convocando siempre tres miradas y análisis de perspectivas diversas y complementarias: los movimientos sociales en resistencia a las violencias diversas; las personas de academia aprendiendo e investigando junto con esos movimientos; y las colectivas de artistas creando performances, coreografías, música, pintura, escultura, dramaturgia y literatura para contar y recrear las historias de vida que van surgiendo en las grietas del mundo violento. Resultó ser con el tiempo una fórmula apasionante, llena de muchos desafíos cognitivos, sociales, culturales y espirituales, que se fue revelando como una vía específica para “descolonizar” la universidad, abriéndola así a otros procesos de conocimiento y de transformación de la realidad surgidos en las periferias del mundo hegemónico.

    El coloquio “En la encrucijada del Norte y el Sur” sobre la obra poética y académica de Boaventura de Sousa Santo de 2017 fue otro momento memorable, donde raperos, cantando y bailando la poesía de la escritura INKZ (incapaz) del autor portugués, interactuaban con Madres Buscadoras de México y Argentina, con jóvenes mujeres de las Guardias Comunitarias de Cherán en Michoacán, y con sanadores de Bojayá en Colombia curando el trauma de la masacre perpetrada por paramilitares y ejército, entre muchas otras experiencias de víctimas convertidas en sobrevivientes. Explorábamos así nuevos caminos de la “ecología de saberes”. Un territorio apenas explorado que tendremos que ir recorriendo en los años por venir.

    Más adelante, la conferencia sobre teologías descoloniales organizada en 2019 por la revista internacional de teología Concilium en la Ciudad de México -iniciativa editorial de la que formaba parte como consejero editorial y directivo más tarde que mantenía viva la llama del Concilio Vaticano II- en colaboración con la Ibero y con el CUC de los dominicos en Ciudad Universitaria vino a atar varios de esos hilos en un nudo maestro. Una oración ecuménica en el templo de Santo Domingo de México, copresidida por un obispo católico dominico y una obispa afro puertorriqueña y queer abrió el evento, que luego congregaría en el campus universitario de Santa Fe a movimientos sociales de México, Guatemala, El Salvador, Colombia, Brasil y Argentina, entablando inspiradoras conversaciones con periodistas de investigación, antropólogas, filósofos y teólogas, en mesas redondas de mutua escucha. Cada jornada estaba acompañada de conversatorios a tres voces siguiendo el formato que nos había revelado un nuevo modelo de universidad en ciernes. Otras veces organizamos mesas redondas con figuras reconocidas, como aquella extraordinaria conversación entre Rita Segato, Raúl Zibechi y Amador Fernández Savater sobre las espiritualidades que animan las resistencias, un tema para los tres personajes fuera de sus acostumbradas reflexiones de teoría crítica que aceptaron explorar, llevada a cabo en el CUC de la Parroquia Universitaria de los dominicos, para cerrar el evento con provocadoras intuiciones sobre la “esperanza política”.

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    Hasta ahí llamábamos “Resiste” a esos conversatorios hasta que, en diálogo con Nelson Maldonado-Torres durante un coloquio en Boston en la primavera de 2022, caí en la cuenta de la necesidad de nombrar con una nueva expresión esta fase más profunda del proceso de la descolonización de la vida y del pensamiento. Era crucial concentrarnos en las “re-existencias” que crean los pueblos afrodiaspóricos, las mujeres en su lucha contra el patriarcado, las colectivas queer, las madres buscadoras en Argentina y México, los colectivos de personas en migración forzada, las personas discapacitadas (o de capacidades diferentes, según el énfasis deseado) creando espacios de vida, y tantas otras comunidades en resistencia que inventan, día tras día, nuevos modos de vida, de organización comunal y de espiritualidades del Buen vivir.

    Animados por esa intuición llevamos a cabo, junto con Elías González y Juan Carlos La Puente, dos encuentros-festivales en el ITESO de Guadalajara con el nombre “Re-existe”, el primero en 2023 y luego en 2025. Con la gran visión de su rector Alexander Zatyrka, la imaginación creativa de un puñado de teólogas y teólogos de Perú, Kenia, Nigeria, Cataluña, la India y México hizo posible congregar a ochenta personas invitadas y cientos de estudiantes y docentes en ambos encuentros. El corazón de ambos conversatorios y festivales latía concentrado en las espiritualidades que mantienen de pie, con “esperanza combativa”, a las personas y comunidades ubicadas en las grietas del mundo hegemónico. El extractivismo de minería se analizaba en sus conexiones con el racismo de supremacía blanca y las políticas migratorias xenófobas, con sus estrategias de limpieza étnica y exterminio enfocadas en el control de territorios y subjetividades por medio de nuevos colonialismos de asentamientos, como los que dieron origen a países como los Estados Unidos, Sudáfrica e Israel. Ahí buscábamos desentrañar los procesos para despertar, sanar y acuerparse que son desplegados por las comunidades en resistencia. Historias que, poco a poco, se transforman en re-existencias.

    La cosecha de esos maravillosos encuentros se expresó también como ritualidad celebrativa gracias al apoyo de Fran, Diego, Glenda y Lau, educadores populares del colectivo Bendita Mezcla, formado por las jóvenes generaciones de las Comunidades Eclesiales de Base de Nuestramérica. Y, así, estos conversatorios llegaron a su clímax estético con el talento del cómic de Katsumi Lemus, el rap y el hip hop de los compañeros de Psicolexia y Semillero 259 de Chiapas, con los performances de la colectiva de artistas de Portland, en Oregón, los bailadores del Jauja en tierras andinas, y tantas otras personas creadoras de resplandores de belleza en las grietas del necropoder.

    Soñamos ahora con volver a reunirnos en Madre África en 2028, donde podamos honrar la memoria viva de esos pueblos que mucho nos enseñan hoy de aquella potencia de la ancestralidad recuperada. Pueblos que son testimonio vivo de la creatividad de la diáspora y de la profundidad del pensamiento que surge de heridas centenarias trasformadas en cuerpos y territorios de dignidad y esperanza, como en Sudáfrica y Kenia, Sudán del Sur y el Congo.

    En el contexto de la gran catástrofe (Nakba) que hoy enfrentamos -sea como “guerra contra la humanidad” según los zapatistas en Chiapas, sea como genocidio en Palestina denunciado en sus dispositivos ideológicos de sionismo judío y evangélico por Silvana Rabinovich y Mitri Raheb, o bien como tecnofascismo en el mundo entero según el pensamiento decolonial- son más que nunca urgentes estos encuentros para tejer redes de mutuo reconocimiento y esperanza política, promoviendo un análisis agudo de la complejidad de la catástrofe.

    Pero quizás el mayor desafío radica en la compartición de las iniciativas de cuidado de los territorios y de los procesos de autonomías que cultivan muchos colectivos ubicados en las grietas del mundo hegemónico, donde la vida de los pueblos es preservada y potenciada como semilla de esperanza para la humanidad y para la Casa Común que nos acoge en su seno.

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    Sobre este urgente tema, un libro sobre teología política descolonial está en el horno desde hace un año. Se trata de un análisis descolonial porque surge de las grietas del necropoder en tiempos de la gran catástrofe. Pero tal aproximación es insuficiente si no está enriquecida con el análisis antropológico del deseo mimético que da razón de las violencias en el seno de la subjetividad en relación con la otredad del prójimo y del Dios otro. Esta teología política descolonial se encuentra abierta a la permanente crítica gracias al horizonte del pensamiento apofático que nos alerta contra toda suplantación de lo divino. Se trata de una obra colectiva que fui amasando poco a poco, junto con colegas que participaron en los coloquios que organicé con el apoyo de Martin, Matthew y Francis, entusiastas doctorandos en Boston College, a lo largo de los cinco años que viví en tierras de los Massachussets. La editorial Orbis Books de Nueva York es la casa que nos acoge para la publicación de esta obra, donde daremos razón de nuestros sentires y pensares de re-existencia en tiempos del necropoder.

    Sobre este libro en la etapa final del proceso editorial les contaré más detalles en próximas entradas.

    Jobel, 12 de septiembre de 2026

  • Entre Benín, Porto Alegre y Puebla Sobre el Foro Social Mundial y la universidad pública de hace medio sigloCarlos Mendoza | Edificio Carolino, Pasillo del Tercer Claustro | Puebla, 2026

    Entre Benín, Porto Alegre y Puebla Sobre el Foro Social Mundial y la universidad pública de hace medio siglo

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    El Foro Mundial Teología y Liberación de vuelta al territorio

    Una semana ha pasado ya desde el retorno de tierras del África occidental, aun marcadas por la memoria de la esclavitud moderna, con sus diásporas de ida y vuelta, con sus heridas aun abiertas como memoria colectiva de una joven nación moderna de escasos sesenta años de existencia. El intento del pueblo beninés por rescatar con orgullo la religión ancestral Vudú, más allá de la satanización a la que fue sometida por los misioneros cristianos de Occidente durante siglos, es aún incierto pues se enfrenta hoy a la manipulación política de sus líderes populistas. Lo cierto es que el pueblo beninés se debate ahora entre una modernidad occidental sui generis y el retorno a sus raíces de ancestralidad, un anhelo que le tomará décadas explorar.

    Las teólogas beninesas, por ejemplo, centradas en su identidad cristiana evangélica que les da centralidad a la Biblia como llave para interpretar la vida, se preguntan ahora, escuchando a Silvia Regina de Lima Silva, compañera de la diáspora afrobrasileña, por los efectos devastadores de “la colonialidad del alma” que es preciso reconocer y enfrentar para dar paso a un “diálogo de saberes” en sus propias cuerpas, mentes y prácticas espirituales y de pensamiento para la liberación de subjetividades e imaginarios que desplieguen dignidad y esperanza para los pueblos de hoy.

    En contraste, los frailes dominicos de la provincia de África Occidental, por lo que alcancé a percibir en breves conversaciones con ellos, no alcanzan a ver este horizonte de la decolonialidad, pues dan prioridad -en su vida comunitaria y en el servicio a la juventud de la capital del joven país en la capellanía universitaria- a un modelo de cristianismo africano con predominio occidental en la liturgia, el pensamiento y la vida moral. Habrá que ver si las nuevas generaciones se animan a explorar esa “doble pertenencia” a la fe en Cristo y la fidelidad a la espiritualidad de sus ancestros. En teología descolonial llamamos a este proceso “inter-culturación” del cristianismo con los saberes ancestrales de los pueblos.

    Un signo elocuente de la encrucijada actual de este país es su economía atrapada en los vínculos aun persistentes de la colonización francesa, la presencia estratégica de los Estados Unidos para neutralizar la influencia soviética de hace unas décadas en la región, y el poderío chino que invade el país con proyectos de minería y extractivismo de los recursos naturales del pequeño país. Aun después de la devastación colonial francesa, y de la guerra civil previa al paso a la democracia, la riqueza en recursos naturales y la vitalidad del pueblo beninés siguen ahí. Pero las resistencias decoloniales en la era Trump se hacen cada día más arduas, como lo palpamos en la tortuosa realización del Foro Social Mundial con las presiones de autoridades para reducir su impacto en el pueblo beninés, los pueblos vecinos y, sobre todo, en la opinión pública internacional.

    En todo caso, el Foro Mundial Teología y Liberación que reunió a ochenta colegas de los cinco continentes mostró una vitalidad sorprendente al dar paso a una nueva generación de teólogas y teólogas del Sur global para seguir caminando con los pueblos en resistencia a la violencia sistémica del capitalismo extractivista como forma de colonialidad del poder a escala global. Encuentros regionales, equipos de reflexión interdisciplinaria, ecuménica e interreligiosa se miran en el horizonte cercano como compromisos para fortalecer los lazos de las comunidades locales en sus territorios. Enfrentar la violencia sistémica requiere de comunidades de resistencia en todos los frentes, ecológico y espiritual, de pensamiento y de creación de alternativas socioeconómicas y teológicas. Iremos explorando en los años por venir la fuerza de esas iniciativas que anhelan una vuelta al “espíritu de Porto Alegre”.

    La utopía de hace medio siglo en Puebla

    En 1976 una generación de jóvenes poblanos iniciábamos “la prepa” con mucha ilusión y anhelos para vivir un cambio social en México. La Escuela Preparatoria Popular Emiliano Zapata de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, plasmaba la visión de la reforma universitaria emprendida por el Ing. Luis Rivera Terrazas para dar a la universidad pública pertinencia social para la transformación política y cultural del país. El lema de aquella reforma, “Por una universidad democrática, crítica y popular”, expresaba la utopía de aquella generación. La universidad pública buscaba así un nuevo modelo de educación, encontrando en Puebla, Sinaloa y Guerrero el contexto cultural y social para emprender iniciativas. Años atrás grupos de ultraderecha, como el Yunque en Puebla y el Muro en el Distrito Federal, habían intentado apropiarse de la vida universitaria, sin éxito, con la aquiescencia del alto clero católico y de empresarios que veían la sombra del comunismo ateo cernirse sobre la vida pública del país.

    Dada la alta demanda de inscripciones, las escuelas preparatorias no se daban abasto y fue preciso convocar a jóvenes estudiantes de licenciatura y posgrado a ofrecerse como profesores de preparatoria, sin un sueldo seguro, para atender esa alta demanda de educación media superior. Así nacieron en Puebla las preparatorias populares, como la Emiliano Zapata, la Alfonso Calderón y algunas más.

    Sin darme cuenta del todo de este trasfondo de un proyecto de país en juego en la universidad pública, ingresé a la Prepa Zapata asignado por sorteo. La sede se encontraba entonces en el edificio Carolino, el antiguo Colegio jesuita del Espíritu Santo. Me tocó el turno matutino, con clases desde las 7 de la mañana hasta a 1 de la tarde. Todas las mañanas salía al amanecer para llegar en autobús desde la casa familiar en el Fraccionamiento San Manuel, cerca de Ciudad Universitaria, hasta el centro de la ciudad. Nunca imaginé que la preparatoria, que entonces se cursaba en dos años, iba a marcar de manera tan radical mi vida personal, profesional, política y espiritual.

    El grupo IV de la Generación 1976-1978 estaba formado por 70 jóvenes inquietos, varios de ellos simpatizantes del Partido Comunista, otros católicos militantes, algunos procedentes de escuelas católicas y otros de tradición familiar creyente como en mi caso. Quizás la mayoría habíamos llegado por azar, pero con el aliciente de nuestros jóvenes maestros comenzamos a crear un ambiente de amistad, juego, aprendizaje colectivo y discusión abierta sobre los temas sociales que más apremiaban a nuestra generación. Recordando aquellos años, veo ahora que estábamos viviendo los tiempos de la Guerra Sucia de los gobiernos priistas contra grupos guerrilleros en muchas regiones del país que se oponían a un sistema político corrupto que, por medio del corporativismo sindical y las prebendas para las élites del gobierno, saqueaba al país. Ocho años habían pasado apenas del movimiento estudiantil de 1968 por las libertades democráticas en el país que dejó más de 300 estudiantes muertos; y escasos cinco años transcurridos de la represión del “Jueves de Corpus” contra estudiantes protestando por la falta de autonomía en la Universidad de Nuevo León que dejó 180 muertos.

    Los más politizados de nuestros compañeros de grupo planteaban estos temas en las clases de filosofía, economía e historia, que luego proseguíamos en tertulias en el tercer patio del edificio Carolino y en reuniones de amigos en una cafetería o en alguna marcha en la calle. Con frecuencia salía a colación el tema álgido del catolicismo como aliado del sistema, lo que abría el debate sobre el papel de la religión como opio del pueblo o como fuente de libertad. No alcanzaba yo a ver aun en aquellos años el impacto de la teología de la liberación que se estaba gestando precisamente en aquellos años en el Perú y en Brasil, mucho menos tenía idea de lo que Ivan Illich estaba proponiendo en Cuernavaca, un cristianismo radical que luego tendría impacto en todo el continente.

    En el corazón de nuestros debates fue creciendo un cariño entrañable que se expresaba en juegos, fiestas, paseos culturales, salidas a los conciertos organizados por la Benemérita Universidad llevando a Puebla a las mejores compañías de música, teatro y ballet de países comunistas. Como parte de esa “batalla cultural”, los empresarios crearon, por su parte, otros festivales de gran calidad artística. Lo que redundó para esas jóvenes generaciones de estudiantes en una formación cultural de altísima calidad estética, política y espiritual.

    La vocación personal y profesional de muchos de nosotros se fraguó en ese ambiente efervescente de conciencia social de la injusticia, de experiencias de belleza como creación del espíritu humano y de pasión por la verdad que surge del pensamiento crítico. Para algunos de nosotros latía ahí también un fondo espiritual, la fuente de la que toda esa pasión fluía era la sed de trascendencia donde lo humano y lo divino se encontraban.

    En mi historia de vida, ese fue el terruño donde cayó la semilla de la Palabra de Dios recibida en mi familia, arraigada en la fe del catolicismo posconciliar y luego cultivada al estilo de los dominicos como búsqueda permanente de la verdad que salva. En otra ocasión les contaré esa historia.

    Puebla de los Ángeles y de Zaragoza, 15 de agosto de 2026

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