Categoría: Proximidad

  • El mutuo acompañamiento como camino de espiritualidad descolonial Exploraciones desde el “más acá” de la religiónPaulo Medina | Cosmos | Chihuahua, 2020

    El mutuo acompañamiento como camino de espiritualidad descolonial Exploraciones desde el “más acá” de la religión

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    El manantial que nutre el valle de las re-existencias es, sin duda, la espiritualidad o aquella fuerza interior que surge de la vulnerabilidad compartida para resistir y re-existir.

    Cuando una víctima de cualquier tipo de violencia solamente se paraliza lamiendo sus heridas corre el riesgo de quedar ensimismada en su dolor, sin muchas posibilidades de curar el trauma, la pérdida y sin posibilidad de duelo. Pero cuando se deja tocar por las heridas de otra persona o colectivo, va cayendo en la cuenta de que su dolor y rabia la hermanan con otras. Y surge de ahí, de manera paradójica, una potencia de descubrirse a sí misma, junto con las otras personas y ya no más aislada, sino capaz de enfrentar el trauma y crear nuevos modos de vida que le permitirán volver a existir.

    Por eso, las Madres Buscadoras en México significan hoy una brújula ética, política y espiritual, en esta hora incierta para el mundo, que nos ayuda a mantener viva la esperanza. El mutuo cuidado surge aquí como un modo de habitar con otras en las grietas de las historias que imponen los verdugos, sean mafiosos o buenas personas que ejercen en el entorno poderíos tóxicos que ahogan la vida. Se trata, en el día a día, de vivir en soledad el dolor que nadie puede sentir sino en carne propia, pero con esperanza cuando se abre al dolor de otras personas y familias, a la vez que se exploran nuevos territorios donde habitar con “otres”, a contrapelo de la historia hegemónica, donde quiera que nos encontremos.

    Este manantial de espiritualidad de mutuo acompañamiento lo descubrí con mi amigo peruano Juan Carlos La Puente hace ya más de veinte años en Santiago de Chile, en tiempos de estudio comunitario entre laicos, frailes y hermanas de la familia dominicana, estudiantes y asesores compartiendo juntos techo, comida, oración y ocio. Buscábamos ir más allá de los marcos tradicionales de la espiritualidad, sobre todo en el caso del cristianismo y las órdenes religiosas centenarias que fueron cediendo espacio a un estilo vertical de “autoridad espiritual”, con cierta influencia jesuítica moderna, dando paso al ejercicio de un control sobre la vida y la conciencia de las personas. Por tradición familiar y como joven fraile yo nunca tuve esa experiencia, pero mi amigo sí, lo que le permitió caer en la cuenta de que ese camino no era el que le ayudaba a fluir en la vida de la Ruah divina. Juan Carlos anhelaba explorar, como un cóndor de su tierra, ese aleteo que nos enseña a “ser movidos y dejarnos mover”, como lo cuenta en el libro “Mutuo acompañamiento en la Ruah divina” que juntos publicamos, durante la pandemia de Covid19, en el año 2022.

    Unos años antes, en el 2016 pudimos beber del mismo pozo en San Juan de Puerto Rico, junto con dos jóvenes pastores luteranos, Melisa y Ron, que con el apoyo de David, su obispo en Portland, Oregón, buscaban conectar su espiritualidad protestante de la “sola fides”  o “sólo la fe salva” -que diera tantos frutos sabrosos a lo largo de siglos recientes- con las teologías de la liberación y descoloniales que surgían en el Sur. Meses después de aquel encuentro, nos reuníamos en una cabaña en Oregón, el estado verde de la Unión Americana, un grupo de unas quince personas, la mayoría jóvenes pastoras y pastores luteranos como Tayler, Lauren hoy obispa, Erika y otros más, con Saúl, Héctor y yo -tres mexicanos que caminábamos entonces aun sin saberlo desde nuestra propia vulnerabilidad- David, un obispo luterano, y un “católico herido”, como ya desde entonces se presentaba Juan Carlos. Él colaboraba en Portland con colectivos de migrantes, personas en situación de calle y artistas “latinxs” que acompañaban, por medio de su obra estética, los caminos de la dignidad para esas personas y comunidades en resistencia.

    Así, fuimos explorando un camino de “mutuo acompañamiento espiritual y teológico” que, desde entonces, congrega cada año a sesenta personas o más, deseosas de explorar esa vía “alternativa” de espiritualidad encarnada y diversa, con frecuencia al margen de las instituciones religiosas que nacieron de esa búsqueda pero que fueron perdiéndose, con el paso del tiempo, en las minucias del control sobre cuerpos y mentes, y “secuestraron a la espiritualidad”, como gusta decir Carmenmargarita Sánchez de León, en el corsé de un sistema de creencias. Fuimos descubriendo así la potencia de la espiritualidad descolonial que surge en las márgenes del sistema hegemónico. Este mutuo acompañamiento se realiza por medio de encuentros virtuales y presenciales: cinco reuniones mensuales en línea, donde partimos de relatos personales de nuestra propia vulnerabilidad, precisamente ahí donde aprendemos a “despertar”, con intuiciones de vida, dignidad, rebeldía y resistencia. Leemos las historias de otros para ir encontrando hilos comunes y diferencias, que se van entrelazando en un tejido multicolor que adorna la mesa de nuestra casita, donde hay una persona chef que nos ayuda a cocinar juntes los relatos comunes, construidos con palabras y con símbolos y rituales que vamos creando cada quien, en la intimidad de su hogar, otras veces en común. Al concluir cada ciclo anual nos reunimos en un retiro virtual “en la nube”, donde compartimos con amistades de otras casitas las bellas plantas y los sabrosos frutos que hemos sembrado y cosechado “juntes”. Para concluir el ciclo anual, quienes tienen la posibilidad de reunirse en persona viajan a un territorio donde una compañera o compañero habita con su comunidad de pertenencia y resistencia para celebrar ahí reunidos nuestras intuiciones liberadoras, compartiendo las rutas que hasta ahí nos han conducido, y celebrando en comunidad con símbolos y rituales lo que vemos que la Ruah nos mueve a vivir.

    Esta experiencia de más de una década de exploración va dándonos pistas en contextos diversos -desde los barrios populares de Arequipa y Nairobi, entre tierras en resistencia de Cataluña y Chiapas, por hogares de re-existencia en Kerala y Portland, conectando artistas con activistas sociales, pastoras luteranas y laicos católico-romanos o personas librepensadoras, buscando todas vida interior más allá de las religiones- donde cultivamos el mutuo acompañamiento para darnos fuerza en el apasionante camino de re-existir en medio de la violencia creciente de este mundo.

    Ahí nace el otro riachuelo que alimenta el valle de las resistencias y re-existencias. Los encuentros Resiste y Re-existe que surgieron también hace más de una década en la Universidad Iberoamericana donde caminé durante veinte años, animados por la visión de personajes como Gustavo Esteva, Boaventura de Sousa Santos, David Fernández y Pablo Reyna. Un camino que se iluminó con los saberes probados de Raúl Zibechi, Rita Segato, Aída Hernández, Lorena Cabnal, Daniela Rea y tantas otras personas “sabedoras”, ubicadas en las grietas del necropoder global y local para contar y pensar “otros mundos posibles | donde quepan muchos mundos”, como conectamos los sueños del Foro Social Mundial y del movimiento zapatista en las montañas y la selva del sureste mexicano.

    Pero hay que decir que el “despertar colectivo” vino, con la fuerza de una marea de vida, de los movimientos sociales que vislumbran y laboran, día tras día, en el “cambio de mundo” que todos anhelamos.

    Pero esa es otra historia que nos aguarda para la próxima semana.

    San Cristóbal de Las Casas, 6 de septiembre de 2026

  • La otra Europa Relatos entre Baviera y la costa del mar BálticoCarlos Mendoza | Castillo de Malbork, Pomerania, Polonia | 2026

    La otra Europa Relatos entre Baviera y la costa del mar Báltico

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

    Me encuentro en Europa por unas semanas, disfrutando de tiempo para leer y escribir, actos elementales de la cultura, tan añorados en Boston y ahora en Chiapas. Este tiempo lo puedo disfrutar gracias a la hospitalidad de un buen colega y amigo, el profesor Martin Kirschner, y de este espacio de studium, que me ofrece la oportunidad de dar algunas clases y conferencias en esta universidad del interior de Baviera.

    Desde hace años, mi amigo Piotr, originario de Silesia en el sur de Polonia, me invitaba a visitarlo con su familia en Pomerania. No tenía idea de dónde se encontraba ese lugar con el nombre de un lugar que me recuerda a la novela El Señor de los Anillos hasta que, hace unas semanas, preparaba mi viaje desde Eichstätt.

    Un largo fin de semana, durante la estancia germana, fue la ocasión propicia para viajar a la costa del mar Báltico, aterrizando en Gdansk, puerto símbolo en tiempos modernos del movimiento obrero de Solidarność que lidereó Lech Walesa e inició el colapso de la cortina de hierro, con la manipulación de la famosa trinidad Wojtyla-Regan-Thatcher que aprovechó esa coyuntura histórica de la grieta abierta por la clase obrera polaca para hacer avanzar su agenda geopolítica.

    Recién llegado a esa tierra costera, el paseo por el centro histórico era obligado. Piotr se esmeraba en contarme la historia de los Caballeros Teutónicos que gobernaron y administraron esas tierras desde el siglo XIII, como antecedente del Imperio prusiano que, más tarde, en tiempos modernos, comandaría sus huestes para extender su poderío sobre todas las naciones eslavas, desde Polonia y Chequia hasta Hungría. Tras el fracaso de la custodia de los Lugares Santos, esa milicia de la Cristiandad medieval y moderna transitó hacia un poderío territorial de gran alcance hasta inicios del siglo XV, cuando se trasladó a Königsberg y luego a Austria en tiempos prusianos. El castillo más grande de Europa se encuentra en Pomerania, en la ciudad de Malbork, con sus ladrillos rojos típicos del gótico báltico que, al atardecer primaveral, relucen como fuego encendido en la ribera del río Nogat, afluente del Vístula, que recorre de sur a norte toda Polonia, desde Silesia hasta el Báltico.

    Para los polacos de hoy, esas raíces góticas son parte de su identidad cultural, si bien mantienen distancia de la vecina y rica Alemania, así como de la Rusia imperial que vuelve a ser una amenaza real de guerra e invasión en la región.

    Ese temor a la guerra lo percibí también en los diálogos con mis colegas en Eichstätt, tanto por la amenaza rusa como por el poder enloquecido de Trump. El silencio cómplice de la Unión Europea y la OTAN apoyando la industria bélica de Estados Unidos e Israel en estos tiempos del genocidio en Gaza y Cisjordania, la invasión del Líbano y la guerra con Irán no tardará en dar frutos amargos para Europa. Lo que preocupa a los colectivos más conscientes de la crisis civilizatoria actual es el desmantelamiento del derecho internacional que está llevando a cabo ese “puñado de tiranos”, como les llamó el Papa León XIV, que controlan el mundo mediante la guerra global.

    Ya en Pomerania pude conocer algunos pueblos del interior que, según me contaban mis anfitriones Piotr y Aga, son de la región más pobre de la Polonia actual. Las fincas de campesinos se esparcen por colinas onduladas, donde se cultivan en primavera y verano cereales, papas y forraje para el ganado, y hay pequeños centros urbanos con buenas condiciones de vialidad y urbanismo. Se percibe una cultura del trabajo agrícola, mezclada con un aire campirano, en la que las artes y los deportes forman parte de la vida cotidiana de las familias.

    Aga es una pintora que ha abierto su taller-galería Ligo en el galpón de la antigua finca, donde, una vez al año, presenta exposiciones de su pintura, en las que predominan desnudos y retratos con cierto aire impresionista, colorido y naíf. Cuando visitamos la playa en el famoso centro turístico de Sopot, en las orillas del mar Báltico, pude apreciar el gusto de toda la familia, con sus tres hijas inteligentes y hermosas, por el mar en primavera. Percibí ahí un modo de recreación poética que brota del alma báltica.

    Durante una conversación con amigos de Piotr y Aga, en particular con un psicoterapeuta de Gdansk, surgió el tema de la vulnerabilidad de la juventud polaca rural ante la incertidumbre del trabajo y de la guerra, que abona a un creciente aislamiento social, con la incapacidad de tender vínculos personales más allá de su círculo virtual.

    Otros rostros de Europa los percibí en Pomerania, hoy marcada por la incertidumbre y el trauma aún presente de la guerra.

    Sobre esa otra Europa he venido conversando con mi amigo Martin desde hace al menos cinco años, cuando, en 2021, me invitó por primera vez a venir a Eichstätt para dialogar sobre la teología política para Europa en tiempos de polarización creciente. En aquel coloquio, al inicio de la pandemia de COVID-19, la conversación giraba en torno a cómo mejorar las condiciones de vida democrática en esta región del mundo, con el valor incuestionable, en ese momento, del derecho internacional y de los derechos humanos como marco de referencia universal para la convivencia entre las naciones. Un lustro después, lo político parece jugarse en otro plano aún más fundamental: el de la sobrevivencia en un contexto de guerra global, frente a redes transnacionales letales.

    La próxima semana participaré, junto con mi amigo alemán, en un coloquio internacional organizado por la colega austriaca Isabella Bruckner, en el Ateneo Anselmiano de los benedictinos de Roma, sobre el legado teológico de Ivan Illich, en el centenario de su nacimiento.

    Como en muchos lugares del mundo, personas de la academia y de movimientos sociales estamos ahora releyendo su obra para encontrar luces en medio de la oscuridad de esta crisis civilizatoria que atravesamos como humanidad.

    Me acerqué a la obra de Illich gracias a Javier Sicilia y a Jean Robert, quienes, desde 1996 en la librería Bajo el Volcán, comentando mi tesis doctoral Deus Liberans —donde hacía yo una genealogía de la modernidad como negación del otro indio, siguiendo a Las Casas y Dussel en discusión con Levinas y Ricoeur— ambos mencionaron la urgencia de volver a Illich por su devastadora crítica a la era de los sistemas. Desde entonces he seguido leyendo al pensador austriaco, participado en coloquios en Cuernavaca, y organizado mesas redondas sobre su legado en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México primero y luego en el Boston College.

    Casi siempre se lee a Illich como pensador crítico de la razón instrumental, pero sin su trasfondo teológico. Tal era el enfoque agudo de Gustavo Esteva, para quien la contribución de Illich valía por sí misma como filosofía de la proximidad y de la crítica a los sistemas, pero sin su relación con el cristianismo. Un enfoque con el que discrepaba Gustavo en nuestras conversaciones en Santa Fe.

    Por eso, el coloquio de Roma me parece tan relevante hoy, pues se trata de buscar el hontanar teológico de la crítica illichiana a la modernidad, para complejizar el análisis surgido desde el pensamiento secularizado. Así será posible contribuir, a mi parecer, a visibilizar y promover las espiritualidades de las resistencias, aquellas que tejen las víctimas de la era de los sistemas como sobrevivientes de la lógica de la máquina y del algoritmo. Hablaremos de experiencias de convivialidad en Alemania durante el COVID-19, de resistencias de autonomía de cuerpos y territorios en México, así como de formas de proximidad, del rescate de lo vernáculo y de la radicalidad de los cuidados como pistas para enfrentar la violencia sistémica que muchas veces nos agobia.

    En la próxima entrada les contaré mis impresiones sobre ese encuentro que se realizará en la colina del Aventino, en Roma.

    Koślinka y Eichstätt, 8 de mayo de 2026

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