Por Carlos Mendoza Álvarez
La marea se ve a lo lejos en el horizonte que se abre al fondo del estero, entre los manglares de Boca del Cielo. El nombre poético de esta playa recóndita de Chiapas es preludio para la pausa tan anhelada por la pequeña comunidad de frailes, agotados luego de cuarenta días intensos de religión y cultura en los Altos de Chiapas. Tiempo que fue coronado por el clímax de la Semana Santa, vivida con intensa devoción por pueblos diversos de estas tierras.
La costa chiapaneca se encuentra aún protegida por manglares y esteros que recorren su litoral, desde Oaxaca al noroeste hasta Guatemala al sureste. El turismo de poca escala no ha trastocado aun la vida de sus pobladores, en su mayoría zoques que han perdido su lengua y costumbres, pero conservan un halo de vida en su mirada y sonrisa franca. Mariana nos recibe como hospedera en su palapa con los sabores marinos de su costa como el robalo, el camarón y la mojarra, acompañados de aguas frescas de mango, piña, melón y tamarindo. Ella es el pilar del negocio, acompañada por su hijo adolescente y su mascota Oso, un bello cachorro blanco de pelo crespo y ojeras negras que lo asemejan a un oso panda en negativo.
En lugar de piscina, el pequeño hotel tiene acceso directo por una pequeña escalinata al estero de agua templada y tranquila, a veces animado por una fuerte corriente en la zona más alejada, cercana a la barra que protege al canal del mar abierto. Aguas adentro se esconden algunos lagartos que han ido huyendo a zonas despobladas, donde algunas comunidades -como la del conjunto de ecoturismo Madresal- los preservan en criaderos. Aunque hay que decir que esas iniciativas son modestas, comparadas con la urgencia de proteger los esteros y su fauna en peligro de extinción. El criadero de tortugas de la playa de Boca del Cielo, por ejemplo, sólo está en funciones un par de meses al año durante el verano, olvidado por la población dedicada a sus menesteres de servicios turísticos, y dejado en el olvido por la indiferencia del gobierno local.
Por el deshielo de los polos debido al cambio climático, la comunidad científica pronostica la desaparición de muchas de las costas bajas del planeta, como los manglares y sus esteros, el mar invadiendo con el crecimiento de las mareas esos lugares de biodiversidad limítrofe entre aguas saladas y dulces.
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Dos milenios atrás, en la sierra que colinda con estas playas, floreció la cultura Mixe-Zoque. Los restos arqueológicos del sitio sagrado -hoy conocido como Iglesia vieja por unas cruces esculpidas en algunas piedras de los taludes de las pirámides- son de una riqueza simbólica impresionante. Una pirámide central representa al cuerpo de una tortuga, con sus esquinas imitando las aletas del reptil de la longevidad. La cabeza gigante yace al pie de la escalinata y acoge al peregrino en un movimiento de sacralidad cósmica. Estelas de diverso tamaño, sometidas por el tiempo implacable y rotas por raíces de ceibas que las parten en dos, están grabadas con rostros polimorfos que combinan las orejas del murciélago con el hocico del jaguar y los ojos del mono y la serpiente.
Y en el corazón de una de las plazas centrales del sitio sagrado de más de sesenta hectáreas de superficie -ubicado en las mesetas del cerro Tepancuintla a unos 700 metros sobre el nivel del mar en el actual municipio de Tonalá- yace una piedra monumental de una fuerza icónica semejante a la Piedra del Sol azteca o a la lápida de la tumba de Pakal en Palenque. El monolito de granito negro tiene cuatro rostros, apuntando cada uno a un punto cardinal: tres son humanos (dos hombres y una mujer) y uno es zoomorfo, como fusión alucinante de animales sagrados de las montañas que cobijan a sus habitantes.
El guía local nos contaba que esa piedra negra azabache adquiere tonos azules en algunos momentos del día, convencido de que es como una puerta al mundo de los ancestros. Para honrar su palabra confidente, me acerco a ella con reverencia, la rodeo, la acaricio sin tocarla, y percibo una memoria ancestral que la habita y que nos recibe con fuerza.
Doscientos kilómetros al sur, la cultura Mokaya sembró hace cuatro mil años la semilla de las culturas mesoamericanas, antes incluso que los Olmecas que son reconocidos como la matriz cultural mesoamericana. Atesoro ya desde ahora en mi corazón un próximo viaje a esas tierras, cercanas a la frontera con Guatemala, para dejarme tocar por su sabiduría hecha piedra y alfarería, ignota para nosotros hoy en su música y sus relatos de tradición oral.
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Comencé este relato contando historias de esteros y manglares. Pero al releerlo caigo en la cuenta de que fueron sólo un portal al mundo otro de los pueblos Mixe-Zoque y Mokaya que habitaron estas montañas y navegaron estas aguas milenios atrás. Su memoria ancestral se hizo cosmogonía de piedra tallada, pirámides construidas con enormes monolitos de granito y piedra volcánica marcados con símbolos cósmicos y humanos, como el sol, el nudo, el rostro y la mano.
¿Qué memoria dejaremos a las generaciones venideras dentro de dos mil años, cuando alguien visite las ruinas de nuestros barrios y ciudades ensoberbecidas por el acero y el cemento? ¿Encontrarán ruinas tecnológicas de algoritmos y avatares en la red que puedan rescatarse del olvido? Tal vez se preserven en la nube algunos hologramas que concentren la sabiduría de la humanidad extraviada hoy en sus afanes de poder y de dinero.
Por lo pronto, la puerta a los mundos otros sigue abierta.
Boca del Cielo, 11 de abril de 2026

